El “sagrario” o “tabernáculo” es un pequeño cofre o arca inamovible en el que se guardan las Sagradas Especies para que los fieles puedan adorar al Señor y donde se guarda la Eucaristía después de la celebración para que pueda ser llevada a los enfermos o puedan comulgar fuera de la misa los que no han podido participar en ella.

Es recomendable que el lugar destinado para la reserva de la Santísima Eucaristía sea una capilla adecuada para la adoración y la oración privada de los fieles. Si esto no puede hacerse, el Santísimo Sacramento se colocará según la estructura de cada iglesia, en un lugar noble y destacado, convenientemente adornado, fijado permanentemente sobre un altar, pilar o empotrado en la pared o incorporado al retablo.

Debe estar construido de materia sólida (pueden ser metales preciosos como oro, plata, metal plateado, madera, cerámica o similares), cerrado con llave, en un ambiente que haga fácil la oración personal fuera del momento de la celebración, y por tanto, mejor en una capilla separada (capilla sacramental).

Es costumbre colocar un corporal dentro y recubrir sus paredes externas con un tejido rico o con oro (conopeo).

El conopeo es una especie de velo o mosquitera a modo de tienda que cubre el sagrario. Su uso es facultativo y debe ser blanco o del color litúrgico del día, nunca negro. Este velo representa la tierra santa del Señor.

Junto al sagrario luce constantemente una lámpara, con la que se indica y honra la presencia de Cristo. Esta lámpara debe estar alimentada con aceite o cera, nunca con otro combustible.

El espacio que rodea al sagrario debe conducir a la adoración y oración personal, con asientos, reclinatorios y libros de espiritualidad eucarísticos que ayuden a adorar a nuestro Señor.