De la conferencia impartida por D. Lucas Viar Basterra en el salón de actos del Palacio Arzobispal de Alcalá de Henares, para la  Escuela diocesana de Liturgia promovida por la Delegación de Liturgia, en colaboración con el Instituto Diocesano de Teología “Santo Tomás de Villanueva”

LA LUZ EN LAS SAGRADAS ESCRITURAS

Tal es su importancia que las primeras palabras en boca de Dios en el libro del Genesis son: “haya luz”. La luz figura desde el inicio como primer elemento de la creación y el primero del que Dios dijo que “era bueno”.

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De nuevo la luz aparece en la la primera manifestación de Dios a Moisés, al hacerlo en forma de zarza ardiente. Esta zarza, que arde sin consumirse, hace referencia a un fuego divino, incombustible, que posee la virtud positiva de iluminar pero no la de destruir.

En el nuevo Testamento la luz se carga de mayor significado y la identificación de Dios con la luz y el fuego es un recurso habitual: “Verbo”, “vida” y “luz” son empleadas innumerables veces como imágenes de Dios y de Cristo: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas” (Jn 8:12).

Queda así la luz como representación de la presencia divina: Jesucristo se revelará en la Transfiguración como hecho de luz y el Espíritu Santo vendrá sobre los apóstoles en forma de lenguas de fuego. La luz se identifica con la verdad y la presencia de Dios y en el último capítulo del Apocalipsis está escrito sobre el cielo: “Allí ya nunca habrá noche, y nadie necesitará la luz de lámpara ni la luz del sol, porque Dios el Señor será su luz, y ellos reinarán para siempre” (Ap 22:5).

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LA LUZ, OBJETO LITÚRGICO

La liturgia cristiana primitiva recibe la herencia de la liturgia del templo de la tradición judía.   Se emplea la luz en el culto por un mandato directo de Dios a Moises, a quien manda poner un candelero frente al arca: “harás levantar el tabernáculo (…) y pondrás en él el arca, y la cubrirás con el velo (…) meterás también el candelero y encenderás sus lámparas” (Ex 40). De ahí que se colocara en el templo de Salomón el candelabro de siete cabezas y que tanto el rito católico como el ortodoxo hayan conservado la colocación de las velas sobre el altar.

Hoy el fuego de las velas tiene especial presencia en la liturgia pascual. El fuego pascual se emplea para encender en medio de la oscuridad el cirio, que representa a Cristo, mientras la asamblea entona el “Lumen Christi”. Toda la iglesia toma de ese fuego para encender sus velas, que simbolizan la presencia de cada fiel frente a Cristo.

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