Con motivo de la declaración del estado de alarma en España ante la propagación del COVID-19, los Museos de la Iglesia se han sumado en las redes sociales a la iniciativa #quedARTEencasa, promovida por el museo de arte sacro del Tesoro de la Concepción en La Orotava (Tenerife). La propuesta pretende trasladar el arte a nuestras casas, en un momento en el que los usuarios no pueden acercarse por sí mismos a los museos, que permanecen cerrados durante el período de aislamiento decretado por las autoridades.

Así, cada día un museo propone un tema sobre el que se centran las publicaciones. La pasada semana, participamos en esta iniciativa desde nuestras cuentas de Twitter e Instagram, en el día en que se propuso como asunto #LaNaturalezaenelArte. A fin de hacerlo accesible a mayor número de personas, compartimos ahora aquí, en otro formato, aquel contenido.

La naturaleza es un asunto que estuvo siempre presente en el pensamiento de nuestro fundador, don Félix Granda y Buylla. Él, que a su vocación sacerdotal unió la de artista, hizo su propósito servir a la Iglesia a través del arte. Su deseo era poner la belleza al servicio del culto, hacer visible, tangible, la Belleza que en él se revela.

Es innegable que la naturaleza, la propia Creación, es una fuente inagotable de belleza para cualquier artista. Don Félix Granda era, además, particularmente sensible al respecto, y casi diríamos que no podría haber sido de otra manera, al nacer en la exuberante tierra asturiana, y crecer bajo la influencia de los movimientos artísticos de finales del siglo XIX, que tanto reverenciaban a la naturaleza. A ella, por tanto, recurrió constantemente para extraer motivos decorativos para sus obras y, sobre todo, inspiración.

Al contemplar las obras dirigidas por él, podemos afirmar que ciertamente la estudió a fondo. A menudo la encontramos utilizada simplemente como motivos decorativos, de lo que dan buena muestra los dibujos que se conservan en nuestro Archivo Histórico. Según se ha transmitido por tradición oral en nuestra empresa, los dibujantes y cinceladores con frecuencia copiaban estos motivos de las plantas que recogían en el jardín que rodeaba nuestra primera sede, el Hotel de las Rosas.

Su prodigiosa mente para la iconografía, sin embargo, le llevaba con más frecuencia a dotar sus obras del sentido teológico que le sugería su contemplación. Este es el caso del cáliz cuya fotografía compartimos aquí, en el que el amor del pájaro dando de comer a sus polluelos es una alegoría del cariño de Cristo con las almas. Esta evocadora imagen se completaba, además, con una inscripción tomada de las Sagradas Escrituras, del Salmo 84, que daba pleno sentido al símbolo: “Hasta el gorrión ha encontrado una casa; / la golondrina, un nido donde colocar sus polluelos.”

Don Félix Granda mezclaba con gran acierto motivos iconográficos tradicionales con otros novedosos. Este copón, que llamó “del Árbol de la Vida”, representa este símbolo iconográfico como un granado, cuyas raíces arraigan sobre los cuatro puntos cardinales. Entre sus ramas, cuajadas de frutos y flores, se sostiene el mundo. Y, sobre él, una paloma con la Cruz y un ramo de olivo, que simboliza a Jesucristo, pacificando con su sangre la Tierra y los Cielos.

El árbol del granado y su fruto son símbolos con múltiples significados, si bien don Félix Granda solía utilizarlo como alegoría del sacrificio de Cristo, y señalaba que el color rojo de sus granos recordaban a su sangre derramada en la cruz.

Por otra parte, el Árbol de la Vida, con su complejo simbolismo, fue también un asunto que plasmó con frecuencia, como en esta acuarela realizada por él mismo, y que fue un boceto para las techumbres de la parroquia de San Juan el Real de Oviedo.

La Creación en su totalidad es otro asunto frecuente en su obra. En la base de esta custodia, que denominó “de la Ciudad”, está representado el mundo material en los cuatro elementos (tierra, agua, fuego y aire), cuyas criaturas alaban al Creador.

Esta representación de la Creación fue bastante habitual en pies de custodias y en sagrarios. Podemos ver un ejemplo en este bellísimo interior de la puerta de un sagrario, que queda, por tanto, oculto a la vista de los fieles.

También aparecen en los diseños de don Félix Granda animales con una iconografía concreta. Así, el pavo real, símbolo de las almas inmortales de los creyentes, suele representarse picando uvas, alegoría de la Eucaristía.

Comparte un simbolismo similar la cierva, que en muchas piezas de Talleres de Arte Granda se representa bebiendo de la Fuente de Agua Viva, inspirándose en el Salmo 41: “Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a Ti, Dios mío”.

Reflexionando sobre el arte, el tristemente desaparecido don Joaquín Lorda, profesor de Historia de la Arquitectura en la UNAV, exponía la siguiente idea:

“Gombrich hablaba de la perla que se forma con escorias; en un panorama sórdido, brillan los destellos de las obras maestras; fruto de la sorprendente capacidad humana para crear belleza. Los mejores pensadores de la Grecia Antigua veían en la belleza una señal divina: algo que recuerda que este mundo no es sólo ruín y mediocre; hay algo superior; y los pensadores cristianso creyeron que la belleza demostraba la existencia de Dios.”

Gombrich trabajó hasta el final de su vida por una historia del arte que ayudara a las personas a ingresar, cuando lo necesitaran, en un reducto de auténtica belleza; un reducto siempre expuesto, frágil, y en disminución, que sobrevive en un mundo oscurecido repetidamente por la violencia y el terror; un reducto que necesita guardianes, que mantengan abiertos los puentes que nos unen con el pasado.”

Como el profesor Lorda y como nuestro fundador don Félix Granda, también nosotros creemos en la necesidad de esa Belleza, y trabajamos cada día por seguir haciéndola visible. En un momento como el presente, en el que en efecto sentimos esa necesidad de refugiarnos en un reducto de auténtica belleza, esperamos haber logrado llevar un atisbo de ella a sus casas con esta pequeña contribución.